Friday, October 30, 2009

Ensayo breve de La Habana grande

"Ensayo breve…", volumen de 170 páginas de Julio Pino Miyar, puede leerse online gratis (pinchado el incon vista previa), o comprase en papel por un precio no mayor de un dígito.
http://www.lulu.com/content/libro-tapa-blanda/ensayo-breve-de-la-habana-grande-%28compilaci%c3%b3n-de-ensayos%29/7178961
"Ensayo breve..." toma su título del último texto de la compilación, el cual es un discurso individualizado, descriptivo y reflexivo sobre La Habana escrito en términos de Modernidad y realidad urbana. No se trata de textos académicos, sino ensayos de libre creación donde la imaginación y la sensibilidad pretenden curar las heridas ocasionadas por la falta intencional de convenciones teóricas. Entre tanto el estilo se esfuerza por construir una relación personal con la palabra escrita, a la vez que contiene el flujo pasional del autor que trata de moverse siempre dentro de un espacio interdisciplinario. Posee el volumen una definida unidad de estilo y también una unidad de concepción que le hace gravitar constantemente sobre algunas inquietudes básicas: el valor y el significado del arte, las relaciones del individuo con la historia y la misión de la poesía; su fundamento histórico y, a la vez, existencial. De una forma, o de otra, cada ensayo trasluce de manera propia estas preocupaciones (…)

Cintio Vitier: La Casa de la patria


“¿Murió?.... Sólo sabemos/ que se nos fue por una senda clara/
diciéndonos: Hacedme un duelo de labores y esperanzas/
Sed buenos y no más, sed lo que he sido/ entre vosotros: alma/
Vivid, la vida sigue/ los muertos mueren y las sombras pasan/
lleva quien deja y vive el que ha vivido/
¡Yunques, sonad/ enmudeced, campanas!”
Antonio Machado
30/10/009
UNO
Cuando en nuestros primeros años de juventud entramos en contacto con un superviviente de algo demasiado grande, cuando se accede agradecido al afecto cordial y las cálidas palabras de un extraordinario investigador de la poesía, archiconocedor de la vida y el pensamiento de José Martí, compañero de jornadas de José Lezama, sentimos como si el destino nos hubiera colocado en una situación única, y que nos hemos asomado al borde esencial desde donde se contempla en lontananza la hondura escatológica de lo cubano. Porque conocer a Cintio significó para mí el discreto camino de una bienaventuranza.
Con la muerte del poeta desaparece el último gran representante del movimiento artístico – literario Orígenes, (le sobrevive su esposa, la notable poetiza y ensayista Fina García Marruz) acaecido en nuestra cultura nacional, entre los años cuarenta y cincuenta del siglo XX republicano. ¿Qué fue Orígenes? ¿Una voluntad de consumación del sentimiento de universalidad que había estado operando en nuestras artes y en nuestras letras, desde la temprana década del treinta? O, por el contrario, ¿una mirada inmersa en lo nacional que buscaba allí su máxima razón de legitimidad -su singularísimo periplo y aventura-, y para eso no vacilaba en recrear nuestra propia tradición, asumida como una postulación hermética y como un poderoso afán de desentrañamiento e irrupción, en vías de realizar una poética del mundo?
Curiosamente, lo que hay de consumación en Orígenes es paja mojada; pues se incorpora, en estricto, a la historicidad cultural de nuestra nación. Orígenes, es, esencialmente, una voluntad de nacimiento que tiene la extraña capacidad de seguir naciendo entre nosotros; de continuar estableciendo paradigmas -modelos sustanciales de acercarnos a la cultura- desde su centro de libélula que aletea, cual numen escatológico, postulados epistémicos. Entonces, ¿qué es? Podría apuntarse como respuesta, que nunca se entendieron mejor los fundamentos universales de nuestra cultura, que con el precipitado espumoso -el aceite alquímico cultivado al calor de la marmita- que un día nos dejara Orígenes; Lezama fue el poeta de las afinidades selectas, y su calle habanera de Trocadero devenía en metáfora de un trastocar radical -herético, franco, irreverente- de todas las cosas de la humana cultura, las cuales reaparecían permutadas bajo la gracia sin nombre de un dios risueño y festivo: (en la calle Zanja, en Centro Habana, nos acecha el tigre blanco de los imagineros chinos, y al mover el interruptor que da luz a mi habitación es engendrada una nueva causalidad que no sólo inaugura, con desenfado, cascadas en el Ontario, sino que reabre los horizontes de la poesía, y desde ese instante mi soledad se ha hecho más llevadera, porque he sabido abrir nuevos caminos entre el infinito de las cascadas, el asombroso tigre blanco y la soledad humana). Decía Lezama, que lo esencial del hombre era su soledad… y la sombra que éste va proyectando en el muro. Sin embargo, para Vitier la imagen bíblica de Moisés ante la zarza ardiente en medio de la soledad (des)comunal del desierto, se convierte en signo del fundamento gregario de la poesía. Al desierto se va a contemplar las maravillosas imágenes, mas nuestro poeta ha intuido allí lo que él llamó “el segundo movimiento de los místicos”: el regreso de la soledad -la entrada triunfal en la Civitas- en vías de fortalecer y enriquecer las instituciones humanas. Todo cuando se ha visto, -todo cuanto pudo ver o escuchar Moisés frente al fuego emblemático del desierto-, se convierte ahora en pletórico significado; la poesía regresa en busca de abrigo a la Casa de la patria y en ella despliega sus lentísimos rituales, mientras el fuego reaparece en el lugar común de los hombres y sus tareas cotidianas.
Cintio Vitier y José Lezama configuran los dos polos de una misma concepción. Para el segundo, el mundo se le presenta como una increíble capacidad de disfrute; lo que el poeta debe aprender lo aprende por osmosis, enteramente sumergido en la noche gelatinosa de la poesía. Pues para el autor de Paradiso el mundo expresa su interioridad, sus claves más arduas y secretas, mediante un acto supremo de la voluntad poética. Las esferas entonces se abren: aquí abajo la tierra y sus espirales germinativas, allí arriba el cielo y sus constelaciones de estrellas, entretanto un infierno, irónicamente vacío, nos revela la ausencia de culpa.
Aunque la obra de Lezama no sólo es hija de la imaginación lúdica, sino de un laborioso afán de construir un nuevo orden en el que el rigor de sus temerarias visiones alcanzaría una expresión totalizadora. Siempre lo he creído así: la obra del gran poeta encierra tanta dificultad que fue concebida mucho más para ser pensada que para ser leída. Por eso es que los textos de Lezama nos obligan a un correlato; a un texto autónomo y paralelo, un cubrefuego que reorganice el libre horizonte de las interpretaciones. De algún modo Vitier estuvo exponiendo, entre nosotros, el diáfano perfil de ese correlato: volver claro lo obscuro, embellecer la claridad y formatizar lo abstracto para permitirle su necesaria inteligencia histórica, fue una de las tareas que nuestro poeta se autoimpuso dentro del contexto de la poética y la herencia origenista. Hay así en Vitier una innegable vocación historicista, la cual es entendida como un espacio absolutamente integrador, donde lo lúdico cede el paso a la reflexión más sosegada y lo ético se incorpora como principal sentido de la vida y el mundo. El autor de Lo cubano en la poesía fue el mejor exponente de una idealidad cultural que hunde sus raíces en nuestro siglo XIX y de la cual él, fue uno de los mayores exégetas.
Cuando en uno de los primeros encuentros que tuve con el poeta, indagué por el contenido moral y estético de “las fugas” de Arthur Rimbaud, Cintio sonrió para decirme sentencioso: “la evasión de Rimbaud fue hacia la realidad”. El poeta podría así elegir, indistintamente, el camino de la trashumancia o decidirse habitar bajo la sombra de los graves portales capitolinos, escogiendo para sí el ágora o la soledad, pero siempre frente a él estaría la terrible advertencia: si tu obra no es auténtica -si transgredes tu vida y tu pensamiento debido “al falso imaginar”- te convertirás en pasto de la Esfinge. Mas, los imagineros de Orígenes recorrieron una órbita feliz, en la que nos mostraron que los orígenes de nuestra cultura estaban en el futuro, y que los verdaderos poetas -los esenciales-, estaban aún por nacer entre nosotros.
En Orígenes cada poeta tuvo su propia escala, su personalísimo registro. Vitier, entre ellos, casi siempre prefirió pulsar la cuerda de la entonación más simple, ya que el escritor se empeñó en hacer proliferar su poesía en ese espacio transicional en el que el poema parece alcanzar la translúcida transparencia de la prosa. De este modo, la poética de Vitier presupone el fin de las iluminaciones maravillosas, -la casa desarbolada, hundida hasta la raíz entre cuatro columnas de humo, mientras los emidosaurios vagan bajo un cielo plomizo de ocaso. Él fue, sin dudas, muy consciente de este hecho: concibió la expulsión -la incomprensión y el escarnio, ocurridos allá en la intemperie- el destierro equívoco, el peregrinaje agónico y circular en busca de una tierra prometida, como el primer vasto movimiento de toda antropogonía. Lezama fue siempre el hombre del primer movimiento, sus selectas espirales de humo fueron solamente una señal de la pertinaz trashumancia a la que estuvo condenada la poesía. Pero existe un principio bíblico: Moisés, -según la tradición judía, el autor del Pentateuco-, habría concebido un legado estéril, si no hubiese regresado a fundar junto a los suyos. Paradójicamente, la infinitud avasalladora del desierto proponía un término, un finiquitar cargado de sentido en aras del retorno; todo lo aprendido debía ser ahora reintroducido en la cultura de los hombres, y la poética del mundo comenzaría a ser redefinida, reorganizada, como la poesía para el mundo. El legado inmemorial, los anales de espuma de la poesía, se aprestaban para ese segundo movimiento liberador, -buscando convertirse en memoria, cristalizar en el significado-, porque, según Vitier, la Ciudad se vestía de fiesta y convocaba a los poetas: Era Enero de 1959; “ese punto irradiante al que siempre debemos volver...”

DOS
La disyunción entre la verdad o la mentira de las cosas se aparta de lo que la tradición ha concebido desde siempre como el sentido y la misión del poeta y la poesía: el poeta es el gran imaginero, el contumaz propalador de mitos, el arriesgado volatinero de la palabra, el sempiterno transgresor de todos los significados.
Por su parte, el llamado “mundo verdadero” se nos aparece como un postulado abstracto de la conciencia estética y moral. Porque lo que el poeta ha venido comprendiendo desde milenios como verdad posee una inevitable carga de idealidad, de traspolación de la mirada hacia el mundo de las esencias puras e invisibles. Y es el mismo pensamiento que nos hace ver el desarrollo histórico como la lenta configuración de un porvenir hermoso y ético, el que le formula una petición de principio al mundo: la peregrina petición de que sea verdadero; que su verdad más intrínseca fuese la razón de ser del poeta y la palabra. ¿Es la verdad, de esta manera entendida, la intención suprema de una poética del mundo? Y, ¿ésta quedó así inserta en nuestra cultura, como la búsqueda nuclear del movimiento Orígenes? O, ¿fue, como algunos afirman, una traslación del sentido y el propósito de la idealidad origenista, en la que la idea de una teleología nacional, elaborada en su momento por Lezama, resultó recapitulada por Vitier, reconducida por él hacia los predios de una muy específica realización histórica?
Es bueno recordar que lo que hay de juego metafórico en Orígenes, de instancia prominentemente lúdica, conspira contra cualquier intento de plasmación histórica de su legado. Entretanto, su principal orientación gnoseológica, sustentada en la pretensión de un conocimiento fundamental de lo cubano, colinda con una interpretación histórica sui generis, eminentemente metafórica y metahistórica, que obedece a otro campo de expansión e intelección de la cultura, estrictamente basado en la sensibilidad y la capacidad de especulación del artista. Es en ese terreno que Orígenes se nos presenta no sólo como un postulado teleológico, sino además teológico, ya que a una doctrina de la finalidad histórica -extraña a la historia misma- se le añade la intelección poética de un mundo “ideal, necesario y verdadero”.
Por otra parte, una provocativa postulación de la verdad que se entremezcla con el mito y la fábula, y que es adjudicada a la labor del poeta trashumante en las largas noches de su soledad, no encuentra su finalidad en sí, si no en el sueño legendario de poder reinscribir la palabra en el portalón de las instituciones humanas, haciendo retroceder al desierto y expandiendo los límites de la Ciudad favorecida. Vitier creía que la misión más alta del poeta y la poesía se encontraba cifrada ahí, en la compleja cuestión del significado: resignificar la poesía, hacerla volver de su marasmo de siglos, en vías de construir para nuestra historia nacional un contenido el cual expresar, y con el cual comprometerse, y donde se vería por fin realizado el gran sueño secular. Esto se traducía en una instancia obvia: Cuba es la patria de Martí. Por tanto, de lo que se trataba era de consumar el programa aplazado de la poesía; de esta manera, el proyecto de la liberación nacional encontraba su fundamento último en la poética del mundo.
Existen unas invocatorias páginas de Lezama (La Casa del Alibe), escritas en la década del 50’ y encontradas por Vitier a mediados de la década del 80’, las cuales hablan de una futura reconstrucción de la nación cubana, expresándose alegóricamente al referirse “a una humilde casa campesina” que contiene, simbólicamente, “el alma de la patria”. Esa casa podría ser muy bien la Casa del significado. Para Vitier, la Revolución de Enero había hecho regresar a la poesía de su incausalidad para convertirse en la expresión causal de un pueblo, en tanto la palabra ya no era el patrimonio exclusivo de los poetas, sino que había devenido en el fundamento unánime de una Ciudad emancipada. Y todo eso acontecía por primera vez y de un modo único, porque aquella era “la Revolución de los humildes, para los humildes y por los humildes”; la milenaria utopía -consustancial a la espiritualidad cristiana- desentrañada de la historia. Pero Vitier no ignoraba los enormes peligros a que nos entrega el tiempo sucesivo, -esa angustia básica ante lo corrosivo- y, por tanto, la imperiosa necesidad de regresar siempre para beber de las fuentes primordiales; allí, en ese instante providencial, donde poesía e historia acudieron a encontrarse y donde ocurrió el pacto más fundamental de nuestra historia y de nuestra cultura; allí, donde por primera vez, a la poesía le fue permitido expresar su significado.
No obstante, el poeta y amigo, ya fallecido, Ángel Escobar se dedicó, en una ocasión, a repensar unos versos de Vitier: “El hijo pródigo”: “Me fui lejos, a ver qué había/ Pasé por un fuego clandestino/ Estuve solo entre los míos/ Un leño ardía, la cal ardía blanca y ciega/ Regresé con despojos que yo no deseaba/ Terrible es el deseo del deseo...”¿Qué cuestión fundamental pudo vislumbrar Ángel en estos versos, cuando amargamente nos dice como preludio de su propia cita: “(…) todo acabado de nacer y en devenir, naciendo, como principio y fin de lo inarreglable”? ¿De qué rara visión parecen haber regresado despavoridos los dos poetas? ¿De qué catástrofe inevitable, aunque tan consustancial a lo que somos como nuestros propios versos? ¿En qué momento tan ajeno el poeta se vio obligado a reconocer la nuda realidad del mundo y aprender entonces que esa realidad era terrible? ¿Fue la misma dolorosa certeza que condujo a Ángel Escobar a repensar estos versos, la que condujo a Cintio Vitier a escribirlos? Y, ¿qué es en definitiva lo que hemos venido llamando, junto a los poetas, “el mundo verdadero” edificado en franca oposición a la realidad concreta y específica de las cosas?
Decía Federico Nietzsche que si la verdad nos entrega consuelo y bienaventuranza es falsa. Porque nada hay más difícil y doloroso, añadía, que la búsqueda auténtica de la verdad y el conocimiento. Acorde con ese estado de ánimo podríamos volver a preguntar: ¿La historia siempre fracasa porque no tiene sentido, o es su propio sentido lo que nos conduce paradójicamente al fracaso? Es decir, ¿estamos obligados a fracasar como individuos -y con nosotros toda nuestra escala de valores- al ser arrastrados por el movimiento abstracto e indiferente de la historia?
La pregunta por el significado nos arroja inermes a la soledad del desierto, a la “terrible blancura” del cosmorama abisal. Hay un lugar común -cíclico- en nuestra historia nacional donde las relaciones humanas, los más caros afectos, la vida, la economía y las instituciones son sometidos a una implacable saharización. El poeta nos cuenta haber regresado de allí “con despojos que no deseaba”, mientras su propio deseo se le iba volviendo ajeno... Ángel Escobar, por su parte, nos vuelve a decir en una línea que abunda en la angustia metafísica del hombre y la poesía: “(…) velo intraspasable, signo sobre signo, añorando siempre el Significado”.
Cintio me expresó en una ocasión que Lezama siempre les dijo a los origenistas, que a la única generación a la que se debía pertenecer era a la de José Martí. Sin embargo, su actitud política refleja lo que en esencia vio, creyó y esperó su generación: un compromiso que él mismo consideraba existencialmente insuperable.
También inspiradas en “El hijo pródigo”, Ángel Escobar escribió estas palabras: “(…) el espíritu quiere encarnar, romper la máscara, dejar de ser signo, ser: se sabe parte caída de lo velado, su insistir inexcusable quizá busca remedio en la aceptación y la confianza...” Hay algo en la Revolución de Enero, -si incorporamos esas preguntas sobre el valor de la confianza y el insistir en la aceptación de las que Ángel hablaba con tanto énfasis-, que parece haber fracasado de un modo esencial. Tal como si hubiéramos vuelto a extraviar el significado y el poeta estuviera condenado a iniciar un nuevo período de trashumancia, y la saharización se impusiera -con el polvo, la fiebre y el regreso tenaz a la intemperie- en lo más íntimo y doloroso de las relaciones humanas. Volviendo a quedar desarbolada la Casa de la patria, al retorno del poeta a la soledad más implacable se le suma la crisis de la Ciudad, el deterioro mortal que hoy sacude sus instituciones y con ello el naufragio de cualquier bienaventuranza.
Decía Carlos Marx que el capitalismo condena al hombre a la soledad -como norma capital de la saharización del mundo moderno. Por ende, la crisis que nos sacude no es metafísica, es mundial y es histórica. No es, por tanto, consustancial a la condición humana, sino producto de un proceso histórico que ha revelado globalmente sus fallas. Por lo que, ¿existe, en esencia, el mundo ideal, justo y verdadero como verdad concomitante con el desenlace teleológico de la nación cubana, tal como lo concibieron y esperaron los maestros origenistas? Lo importante es saber que los poetas son los guardianes de la palabra, y que sigue siendo posible -como pensaba Vitier- hacer regresar el significado a su más legítima condición, contigua con una refundación de la vida y la Ciudad, en la que la lastimada esencia de las cosas fuera devuelta al mundo y la poesía lograra su ansiada historicidad.
Tal vez lo que sucede es que el artista ha comprendido la laxa ambigüedad de las cosas y sabe que ya no hay certezas, y que el arte es el gran muro levantado por nuestra especie frente a la implacable facticidad de lo real. Si partiéramos de la verdad de esta concepción, haríamos regresar a la cultura a su condición elemental de metáfora. La poética del mundo nos hablaría en consecuencia, de una añeja verdad que busca ser reinstalada en la vida de los individuos, penetrada por su sentido poético más hondo: ser, a la vez, vehículo de comunión y de diálogo -tabernáculo y ágora. La vida y la muerte, la agonía y el exilio, dejarían de ser entidades aisladas, mónadas ajenas entre sí, para devenir en porciones del movimiento metafórico e integrador de la historia. Por fortuna, abundan en el desierto las verdades iniciáticas: el precio de la soledad nos conduce a contemplar sin miedo las maravillosas imágenes y comprender el ministerio civil al que están predestinados los poetas; el instinto gregario orientado siempre hacia el retorno. Como pensaban los grandes imagineros de Orígenes, es el movimiento inevitable y fundacional de la poesía.
Cintio Vitier, te seguiremos buscando, con el espíritu de los pobres y en los blanquísimos acantilados de la mañana.

(...)

Riela la luna su infortunio
prados del alma tiene mi calma
Ergástula para tu angustia
llora en silencio mi duermevela
Canta en el canto el mar que amo
todo se pierde
todo se va
sólo la soledad se queda.

Yucatán
24 de mayo y 1997

De la salvación por el arte

A Federico Nietzsche por su libro
El nacimiento de la Tragedia

La historia es el espacio donde el hombre
pervierte su significado
Pues el hombre llega clamando puertas
pero los llavines no le funcionan
sus códigos son impenetrables y no hay aldabas

Así se va de lo múltiple a lo amorfo a lo indiferenciado
allí donde cada signo habla a su manera y nadie entiende
y el hombre deviene el director absurdo de la orquesta polifónica
que toca sin sentido el dodecafonismo de la centuria

Es cuando llega el aguacero
y sorprende al hombre desguarnecido en la intemperie
Pero el hombre reconoce en la lluvia al Diluvio
y así ensaya su primera metáfora

Porque la historia es el espacio donde el hombre
pervierte su significado
y la metáfora es la invención que otorga a esa perversión
un sentido
y ya no importa tanto que los signos estén locos
pues el hombre ha aprendido bajo la intemperie a habitar su casa

Es cuando escampa y se ve el arco iris
y el hombre entonces arde bajo el sol más inclemente.

Monday, August 31, 2009

Socialismo y sensibilidad


31/8/009
Uno
Absorto, hace en realidad muchos años, en la lectura del Diario íntimo de Enrique Federico Amiel (1821 – 1881), afamado ciudadano de Ginebra, vine a tropezar con la siguiente propuesta intelectual: “Llegar a comprender nuestra época desde la perspectiva de la historia universal; la historia universal desde la perspectiva de los períodos geológicos y los períodos geológicos desde el punto de vista de la astronomía (…)” Esta progresiva generalización de la mirada, ese afán, leído entre líneas, de universalizar cada vez más los criterios y ampliar por ende, el horizonte de las interpretaciones, se convertía para mí en una justificación del camino seguido por el intelectual y el artista modernos, en vías de la conceptuación que debería regir cualquier estudio desde una altura que nos permitiera comprender en la sociedad, en la cultura y en la historia sus aspectos esenciales, mucho más allá de lo puramente circunstancial y pasajero. Y esa decimonónica petición, tomada en el contexto de una vida y una obra, devenía en un postulado perteneciente al viejo espíritu de la filosofía la cual, como todos sabemos, ha colindando siempre con la ensoñación.
La vida de Amiel es la historia de una ensoñación; su biografía nos muestra la experiencia de un hombre de excepcional sensibilidad y talento, condenado por su tiempo a la incomprensión y la soledad. Profesor por treinta años de filosofía y estética de la Universidad de Ginebra, la publicación de su Diario íntimo le permitió un póstumo reconocimiento, al punto que por mucho tiempo se dijo que Suiza era la patria de Rousseau, de Madame Staël… y de Amiel.
Observar con detenimiento la cronología inscrita en las páginas de ese Diario supone un viaje al corazón del siglo XIX. Desde el balcón de Ginebra, Amiel fue privilegiado espectador del nuevo mundo que ante su mirada se iba edificando. En una época en la que el planeta comenzaba a enjutarse por la aparición de revolucionarios medios de comunicación, como el ferrocarril y el telégrafo mientras se globalizaba el comercio, Enrique Federico Amiel fue uno de los primeros ciudadanos políticos del mundo. Ya que estuvo entre aquellos que ejercieron una inteligente reflexión sobre nuestro destino histórico, aunque más que atender a la eficacia y funcionalidad del nuevo orden creado, se preocuparon por la racionalidad de su sentido y la coherencia ética de su significado.
Ubicado en el contexto sociocultural y religioso de una sociedad calvinista, el escritor ginebrino vio desangrar su existencia entre los imperativos morales, -a los que se creyó siempre obligado y con los que decidió atar su destino individual-, y su pasión en pugna con los lazos religiosos y los deberes, que él entendía, tenía con su patria. Lo curioso es que Amiel no fue nunca un dogmático ni tampoco un nacionalista; era un libre pensador que amaba de Suiza su neutralidad histórica; esa singular mezcla heterodoxa de nacionalidades y lenguas que pluralmente la componían y su natural independencia ancestral. No obstante, en su aire universal y en sus graves paisajes, nuestro escritor supo encontrar, paradójicamente, los significados eterios y a la vez subyugantes de los conceptos de patria y religión.
Llama demasiado la atención que fuese un diario el único modo que él tuviera para darse a conocer ante la posteridad. Cada anotación que hiciera en sus páginas descubre a alguien que se reserva -por medio de la vigilia intelectual y la limpieza de espíritu- para un futuro providencial el cual, irónicamente, nunca llegó. El escritor repite, en decenas de formas, el lamento por su vida obliterada, por “esa anemia de la voluntad” que le acompaña y le malquista consigo mismo. Su Diario describe así la agonía del hombre superior doblado por el peso de las circunstancias.
En una hermosa monografía dedicada a su memoria, el polémico autor colombiano, José María Vargas Vila, escribió, que el ginebrino se había empeñado en tener “el fantasma de Dios por compañero”. Vivir en Dios, habitar su Obra y “comprometerse enteramente sólo con Él”, fue la consigna de ese singular espíritu meditativo. Sin embargo, Amiel no ignoraba que la teología cristiana significaba -a esas alturas del siglo XIX- una reducción del campo gnoseológico, ya que estaba fundada por abstractos principios metafísicos, y que, en cambio, la experiencia práctica y sensible, el pensamiento y el análisis dedicados a la observación rigurosa de los fenómenos naturales, abría un nuevo e inestimable campo para el hombre y su actividad, específicamente humano. “Es indispensable, nos dice a tono con su época y con un acento que evoca a Ludwig Feuerbach, volver a lo concreto, a lo individual, a lo determinado; a observar, a experimentar (…)”. De todas maneras, y a pesar de lo antes dicho, insiste: “Dios es la morada del hombre desenvuelto en el devenir de la idea.” Y reconoce: “Vivo atormentado por el ideal (…) vivo en medio de una luz crepuscular y helada, como las sombras de Homero...”
Pero Amiel no era ajeno, en modo alguno, a la crítica al cristianismo realizada por un neo hegeliano como Federico Strauss, el cual ubicaba la figura de Cristo en el contexto de una problemática histórica que implicaba a la humanidad en su conjunto en la lógica -absolutamente terrenal- de su devenir en pos de un gran ideal. Cristo no era otro, por tanto, que el hombre verdadero; la realización, en un individuo, de la humanidad viviente y universal. La raíz hegeliana de esta interpretación del cristianismo (el hombre sometido al puro devenir de la idea) aparecía aquí revisada por una fundamentación sociohistórica de la Religión, la cual finalmente se apartaba del idealismo hegeliano para comprender al hombre en su inmediata concreción, desde el ámbito, empírico y perceptible, de su experiencia y natural concepción.
Existió lo que Amiel llamó una “teología humanista” que tuvo en Feuerbach su máximo exponente. Según Hegel, el saber que tiene Dios sobre el hombre es parte del saber que tiene Dios sobre sí mismo. Pero Feuerbach invertía con audacia la fórmula: “el saber que dice tener el hombre sobre Dios es parte del saber que tiene el hombre sobre sí mismo”. Porque de lo que se trataba era de restituir en el hombre, “aquellos atributos que le fueron otorgados erróneamente a Dios”, y, desde esa premisa, elaborar -esa fue en realidad su gran tarea- una “antropología filosófica” que instituyera con plenitud el significado y el valor del ser humano.
Hegel, por su parte, había restablecido, por medio del pensamiento abstracto y la razón especulativa, las llamadas nociones suprasensibles… de ahí las reservas de Amiel con respecto a Feuerbach -su reproche por haber pretendido ponerle fin a la teología cristiana-, parecen tener en el fondo una fundamentación hegeliana: existen, según él, valores abstractos y universales que no pueden ser reducidos a la simple facticidad de la historia y la experiencia humana… Por tanto, si se busca preservar la idea de Dios, las tesis de Feuerbach deberían ser corregidas, ampliadas -contradictoriamente- por la misma teología. Sin embargo, Amiel veía en la figura de Cristo lo mismo que Strauss, el “embrión” desde el cual evolucionaba una humanidad liberada, el camino ascendente de su consciente dignidad y redención:
“Todo hombre es sacerdote”, dijo Lutero; “todo hombre es rey”, dice la Carta Magna norteamericana; “Sois de la raza de los dioses”, dejó dicho San Pablo”. Escribe en su Diario.
Amiel se murió esperando una segunda reforma religiosa que debía ocurrir en el seno de las sociedades protestantes y que jamás llegó. Creía que esa “segunda reforma” estaría destinada a revitalizar los lazos que atan al creyente individual con la comunidad de fieles, y que había algo en el viejo espíritu del catolicismo, afín a la idea de la salvación colectiva y los valores de la compasión, que no debió ser despreciado por el desarrollo ulterior del luteranismo. Singularmente -y esto es un hecho que aún no he mencionado-, Enrique Federico Amiel era un hombre de ideas socialistas; apasionado lector de Proudhon y de los hegelianos de izquierda, su amargo desencuentro con su época, -la cual coincidía con la segunda revolución industrial llevada a cabo por el capitalismo internacional-, poseía un fundamento político en el que estaba involucrado un trasfondo de postulados religiosos.
Lo llamativo es que en Feuerbach como en Amiel había una declarada crítica a la razón, a ese viejo templo de la razón que Hegel heredara de los clásicos griegos. En esto, ambos se encontraban más cerca de Lutero, porque primaba en ellos la sensibilidad y el sentimiento situado por encima de los vericuetos de la lógica o la dialéctica. De esta manera, el plano esencial en que se mueve Feuerbach, por el que transita junto a Amiel en su visión conflictiva de la Modernidad burguesa, no es el de la gran urbe, ni tampoco el de las grandes industrias; es, por el contrario, el del continente sereno de la naturaleza. Esta última es la que compone el vasto cosmorama de ambas individualidades, la mirada, que el propio Amiel dejara reposar -para nosotros-, sobre el paisaje:
“Mientras caminaba a la hora del crepúsculo, bajo una bella y dulce atmósfera de primavera, he sentido las melancolías de la soledad, de la inactividad del alma, una dulce y triste pesadumbre. Volví por el camino que lleva a la casa (…), y recordé, y volví a ver mil imágenes de mi infancia, en cada rincón, en cada árbol, en cada piedra, en el patio de la casa, en las altas acacias que se alzan (…)”
La naturaleza actúa así sobre la rara sensibilidad de estos hombres selectos y es el lugar privilegiado de retiro y del olvido momentáneo de las pasiones y miserias del mundo. Los fundamentos gnoseológicos de Feuerbach, -que encuentran familiar complicidad con el pensamiento abstraído y la existencia ascética de Amiel-, consideran la intuición como la forma primordial de intelección: no sólo el hombre percibe sobre la base de la realidad sensorial, sino también mediante su sensibilidad interior; es decir, de la manera en que el pensamiento establece su relación en especial con las ideas; ese viejo principio platónico que explica que cada cosa apercibida posee su forma, su idea, -su eidos- como materia de intelección. Y Amiel ampliaba esta concepción al decir que, lo bello era “el resplandor de lo verdadero”. De lo que se desprende, que hay una belleza sentida que nos implica intuitivamente con su idea, con su forma y en ella se percibe la verdad inefable de su existencia. No tendríamos que ir muy lejos para llegar desde aquí a una intelección de Dios fundada por la sensibilidad de nuestra naturaleza, y expresada por medio de la captación formal de su idea.
Parece entonces no haber sido casual que el ateísmo marxista del siglo XIX no haya tenido en la naturaleza un inapreciable aliado en su crítica del capitalismo: Marx, sin dejar de refutar a la sociedad de mercado, elogió sin aprensión el nacimiento y desarrollo de la edad industrial como la piedra angular de una futura sociedad obrera, y no previó lo que el capitalismo tenía de nefasto para la naturaleza. La alteración galopante del ecosistema, que comenzara en el siglo XIX y que ha devenido en unos de los principales problemas que arrastra consigo la actual sociedad tecnológica, obliga a una relación muy especial con el medio natural, el cual podría devenir en fuente extraordinaria de desalienación humana. Mas para ello es necesario el instante puro de la contemplación, tal como lo entendiera Feuerbach y que fuera porción significativa de las visiones integradoras de Amiel (“Cegador y tierno paisaje de otoño, con un lago cristalino, lejanías nítidas, aires dulces, montes nevados, follajes amarillentos, cielo límpido; la calma era penetrante, con esa fantasmagoría propia de los últimos días buenos”). Ese mismo instante que la sociología marxista desdeñara por tanto tiempo, y que la pedagogía socialista en el poder considerara incluso inicuo: el momento noble de la naturaleza; el momento del recuentro fundamental del individuo -de su conciencia innegociablemente autónoma-con su soledad.
Dos
“Hay aquí caminos profundos, cubiertos de zarza y de viejos árboles torcidos con raíces fantásticas que se parecen totalmente a ese camino de un aguafuerte de Durero: “El caballero y la muerte”. Le escribe el 26 de diciembre de 1878, Vincent Van Gogh a su hermano Theo. El tema de la finitud de la vida, de la visión sobrenatural, encontrada en la profunda introspección del paisaje, deviene en fundamento del nuevo espíritu de una Modernidad que oscila entre el ideal del progreso, protagonizado por la industria, y aquellos nobles valores que el proyecto acelerado de la civilización occidental parecía dejar atrás.
Resulta original que a Van Gogh le gustara mucho más la región del Mediodía francés que el norte, la Bretaña, como a su amigo, Paul Gauguin. Nuestro pintor se lamenta en su retiro del frío del invierno, en el verano de las moscas... parece realmente un personaje simpático, algo tragicómico y aparenta estar dotado en el fondo de un excelente sentido del humor, o de una gran resignación que para el caso es igual. El gran pintor holandés consideraba su tiempo como la llegada de un nuevo renacimiento que tenía como primado el color; lo afirma mientras pinta girasoles, o estudia pintura japonesa: (“El corazón del arte moderno, lo que ni los griegos ni el Renacimiento han hecho. Lo moderno es el pincel al servicio del espíritu”). Cita a Eugenio Delacroix como el gran teórico del color y encuentra en Millet, en la escuela de Barbizón, su principal fuente de inspiración. Van Gogh se nos aparece así como una mezcla de inspiración cristiana, en su sentido más esencial -los pobres de este mundo-, y deseo de apropiarse artísticamente de la realidad. Ambas cosas se le presentan bajo el influjo de una ensoñación: ve en los humildes una razón de ser, (él, un contemporáneo de Marx y de la revolución en Francia de 1848; la erección allí de la efímera República social), como ve en la realidad un pretexto para la imaginación. Su interpretación de Jean Millet (el gran pintor de temas campesinos) es para fundamentar su propia cosmovisión: la realidad se deforma, la figura se vuelve borrosa, los colores se esparcen sobre el lienzo indistintamente y en ello pone el frenesí de su alma y toda su energía. Lo sorprendente es que él no cede, está firmemente convencido que su visión del mundo triunfará, no le importan la pobreza ni el desengaño. Subestima a Manet, no se siente parte de los impresionistas, tal vez porque considera que hay algo excesivamente formal en el modo en que aquellos trataban la realidad. No se cree un apóstol, sin embargo su obra tuvo el rigor de un apostolado. Jamás fue un teórico ni un formalista; creyó en los campesinos y compartió su vida con ellos, con los tejedores, con los mineros, pero no lo hizo para asumir una postura ideológica. Sus razones fueron esencialmente humanas.
En el siglo XIX se dibujó un socialismo humanista hoy en día no tenido en cuenta en todo lo que se merece, y Van Gogh fue parte autónoma de esa gran corriente. Eran tiempos en que se creía, con Oscar Wilde, que el socialismo estaba destinado a exaltar la personalidad humana, y podría llegar a entenderse como un modo de organizar la sociedad sobre premisas éticas que resaltaran los valores del individuo, frente al burdo y grosero capitalismo, intrínsecamente estandarizador del comportamiento.
Si se leen las cartas de Van Gogh, comparándolas con las páginas de Federico Amiel, en ambos casos se comprobará la misma inclinación hacia un individualismo generoso, condicionado por un trasfondo de ideas religiosas. El socialismo premarxista, principalmente entendido por su acento en el individuo, en sus valores y en el significado más original de la existencia, -un socialismo que parecía destinado a resolver no sólo los problemas de la necesidad económica, sino los de la libertad política-, no tenía nada de dogmático ni de sectario, era un regreso a lo concreto, a lo sensible, a la necesidad humana de experimentar e ideado como respuesta, o rechazo, al pensamiento abstracto, teológico. Es decir, un socialismo concebido desde un humanismo que consideraba que la realidad no debía estar mediatizada por ninguna doctrina de pensamiento. Ese socialismo floreció un día, pero las grandes corrientes políticas, los grandes enfrentamientos civiles de la época, (la respuesta brutal de la burguesía y la posterior creación del súper Estado soviético), se lo tragaron sin casi dejar huella.
Podría decirse que hay un marco eminentemente existencial, una precondición absolutamente humana, sobre la cual se ubicó el socialismo moderno antes -o paralelamente- de que Marx iniciara sus intensos estudios sobre economía, o comenzara a elaborar una ciencia general de la historia: el “materialismo (dialéctico) histórico”. Feuerbach opuso así al devenir del espíritu absoluto (Hegel), sensibilidad y experiencia, y demostró el fundamento antropológico del pensamiento,
siendo mucho más consecuente que Hegel al definir -éste último- al hombre como un “universal concreto”. No obstante, a Feuerbach le preocupaba el hombre concreto, individual, mientras que el socialismo marxista apostaba, en cambio, por el abstracto hombre genérico, disuelto en el devenir de la historia, o en la organización social de los diferentes sistemas económicos.
En una de las páginas del Diario de Amiel, aparece esta afirmación en el contexto de las luchas civiles en Francia, acaecidas en la segunda mitad del siglo XIX: “Proudhon se ha escondido y trasladado a Doullens. El socialismo sin él pronto será decapitado.” ¿Pudo haber representado Proudhon una vertiente democrática, mucho menos sectaria para el devenir y la configuración política del socialismo europeo? Sinceramente no lo sé. Es cierto que el autor francés advirtió sobre los enormes peligros del dogma, y de cómo podían los propios líderes socialistas incurrir en el craso error de convertirse en sectarios. Pero hasta qué punto resultó injusta, o acertada, la crítica demoledora de Marx a la Filosofía de la miseria, -el famoso libro escrito por Proudhon- es algo que también ignoro. Aunque lo significativo es que el socialismo moderno, doblemente permeado por un economicismo y un historicismo extremos, se convirtió en una cosmovisión donde el tema de la libertad individual quedó relegado, incluso omitido en aras de los grandes proyectos históricos y la fundación de un nuevo sistema socioeconómico.
Sin embargo, para Amiel como para Van Gogh, el tema de la libertad humana no era simple; entrañaba un significado moral y estaba estrechamente unido a la noción del deber. Había mucho de hegealismo en esta máxima del escritor ginebrino: “El deber te obliga desde el momento en que lo adivinas”. Por su parte, Van Gogh recomendaba al artista: “Permanecer tranquilo en la obra” Y del mismo modo en que los obreros se reunían para producir en sus talleres, el pintor holandés exhortaba a crear talleres de artistas: dotar de un carácter laboral la gestión del arte; regresar a ese antiguo y hermoso ambiente artesanal que primó en la Edad Media, y que, con la llegada de la edad industrial, adquiría nuevo sentido y magnitud.
El artista invocaba así en sus textos la vieja “fraternidad de los monjes de los bosques holandeses”. Y, leyendo Mi religión de León Tolstoi, comentaba esperanzado: “algo completamente nuevo, capaz de consolar y que no tendrá nombre (se avecina)”. Y de la misma manera en que Amiel y Van Gogh amaban los paisajes naturales, identificándose ambos por igual con las visiones del amanecer en Arles o en Ginebra, (el pintor decía que en ellos había vislumbrado “los verdes de Corot”), ese algo que no “tendrá nombre” aparecía como una necesidad intuida por el corazón de la sensibilidad y vendría a ocupar entre nosotros el sitio que en otros tiempos la religión llenara. Una regeneración fundamental del espíritu, era lo que se esperaba, aunque también sería un logro supremo de la inteligencia.
El desaliento, el desengaño y la angustia por la época incierta colmaron, no obstante, las vidas de estas individualidades selectas. Sin embargo, Van Gogh se permitía bromear citando a Dickens: el mejor modo de alejar la idea del suicidio es tomar en el desayuno, “una jarra de cerveza y un buen pedazo de pan seco”. Y en las líneas finales de su epistolario nos dice: “arriesgo mi vida y mi razón destruida a medias”, mas no deja de recordarle invariablemente a su hermano, “tú no estás entre los marchands de hombres…”
La ardua labor emprendida por estos dos hombres tuvo mucho que ver con una vocación moral que hizo residir en el Mito más original de la especie, su crítica a la sociedad de los mercaderes y marchands: la arcadia bucólica; el paraíso comunal; la fratria universal. Amiel, por su lado, escribió un día, “Todo es símbolo, ¿símbolo de qué? Del espíritu”. Quizás dando a entender que la vida se encuentra en el fondo colmada de significados, y que la tarea del artista, del poeta, es hacer posible la lúcida interpretación de esos símbolos que hagan regresan a los seres humanos de su atroz dispersión, proponiendo un difícil camino en el que al final, el socialismo se nos puede aparecer como una esencia intuida.
Pensando en seres tan singulares como Amiel y Van Gogh, se podría llegar a aceptar que el socialismo es, entre otras cosas, cuestión de pura sensibilidad; obra además de esa percepción interior que no lleva a intuir la existencia de su práctica universal. Los hombres no deberíamos prohibirnos el paraíso, eso sería un pecado de lesa humanidad. En otra de sus cartas a Theo, Van Gogh decía -nos decía- textualmente: “Yo quiero trabajar hasta el punto en que se diga de mi obra: este hombre siente profundamente, este hombre siente delicadamente.”

Saturday, August 22, 2009

Vaticinios

Altas arboledas de mi infancia
besos arrancados a la prisa
imposibles números del álgebra
en mi carpeta dorada
-en la que guardaba lápices y dulces glaciares
Cocuyos encendiendo las luces
de una madrugada

Lluvia fresca en el olor de los jardines
el mar acerado de fondo
y mi madre y mi padre arreglándome despacio la pañoleta
en la mañana plateada
blanca azul
dotada de todo el inmenso peso de la palabra
Patria
Ellos como no queriendo partir
yo ocultando las pupilas mojadas
detrás las voces y los cantos de mi escuela

Me vi caminando hacia el silencio
por una calle larga
y vi mi rostro ausente,
preterido...

¿Por qué te niegas caminante tardo
a ser lo que siempre has sido?
¿Qué haces tú aquí
si naciste como ellos para sembrar el trigo?

Cuestiones de estos tiempos

Hoy lloverá
mañana volverán a soplar sobre la playa los frescos vientos alisios
la primavera hará florecer en los parques la flor de los almendros
y otra vez habrá pescado fresco en las vendutas de Collins Avenu
mientras las viejas judías de mi barrio volverán abarrotar las sinagogas
y llenar las alcancías

Salgo y recorro de una punta a la otra la ciudad
como llevado por una brisa fácil
Me detengo en mi viaje por las aceras para contemplar la sonrisa
de una muchacha que busca empleo en la cafetería
de los alegres toldos blancos
allí donde hacen el mejor batido de centeno que pudiera jamás imaginarse

Pero me siento más solo que nunca
más lastimado que la higuera de los evangelios
más alejado de lo que alguna vez pudo ser mío

Mañana alumbrará de nuevo el sol sobre estas playas
aunque creo que viviendo entre judíos se nos hará común
la idea del holocausto

Y yo seguiré buscando en el olor a jazmín que me trae la primavera
entre la hojarasca pútrida que me dejó el pasado invierno
el olor imposible de aquella buena mujer
que me engendró entre presagios que jamás se cumplieron.